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Invisibles

Existen dos clases sociales: la de los que no comen,

y la de los que no duermen por miedo a la revolución de los que no comen.

 

Milton Santos

 

6:30 de la mañana. Salvador de Bahía. María se va a estudiar sin desayunar. Luego vuela hacia el mercado del barrio. Llega justo a la hora de cerrar, recoge como siempre las sobras que hay por las cajas para preparar la comida a João y a José, con la ayuda de Marília y de Marineide. Al final de la misión, lo que ha conseguido no le da ni para un entrante. “Diez bocas”, solía decir su padre, entre botella y botella, entre paliza y paliza. Por suerte María hace magia en la cocina, todos en su casa lo saben. María tiene nueve años de edad. Marília, Marineide, João y José son algunos de sus ocho hermanos. Todos negros. E invisibles.

 

En los años sesenta y en plena dictadura militar, ni se soñaba con el programa social “Bolsa Familia”, que garantiza la alimentación básica de familias con hijos a su cargo, además poniendo a la mujer como receptora de la ayuda. Ese programa del gobierno Lula retiró a 36 millones de Marías de la miseria y mejoró la calidad de vida a 50 millones de personas muy pobres. Según la FAO, Brasil redujo en un 75% la extrema pobreza.

 

Sin recursos, semianalfabeta y tras sufrir algunas agresiones de su marido, la madre de María dejó a los nueve hijos a cargo del padre alcohólico, como en un trágico “colorín, colorado, ese cuento se ha acabado”. Desapareció. María, con ese panorama sociofamiliar, una bolsa con un par de prendas gastadas y quince años recién cumplidos, se subió a un autobús rumbo a Río de Janeiro con algunas de sus hermanas, todas dispuestas a enfrentar 48h de salto al vacío por una carretera tan agujereada que más bien parecía que viajaban en un tuk-tuk por la superficie de la luna.

 

La meritocracía le decía que si se esforzaba lo conseguiría todo. Y la verdad es que consiguió algunas cosas, no sabía si buenas o malas. Se casó y tuvo tres hijos. También consiguió trabajar como empleada del hogar y cocinera, bajo los 40 grados de Río, con un carrito de bebé al lado y un marido irresponsable por gusto y vocación, y consiguió ser la reina de las comidas y dulces bahianos. Estudió con ayuda de su familia carioca y opositó para técnica de enfermería. Aprobó, y cuidó durante toda su vida a bebés prematuros. Se libró/divorció de su marido en la época en que era casi un delito hacerlo. En su lucha como mujer, negra, divorciada, pobre, migrante y nordestina, también coleccionó traumas, veranos sin vacaciones, enfermedades y crisis económicas cuidando a sus hijos sola. La meritocracía no le avisó que todo eso no le saldría gratis. No tenía ni energía, ni tiempo, ni información suficiente para enterarse de la época brutal que vivía en su país, en pleno auge de la dictadura militar.

 

Los hijos de María nacieron y crecieron en barrios obreros de Río de Janeiro, tuvo que pagar al mayor los estudios privados, no tenía a nadie que le cuidara y la escuela particular era la única que estaba cerca de casa; se graduó como informático y le costó a María algunos años más sin vacaciones. La facultad pública no era para todos y ese mensaje llegaba de manera muy directa, bastaba con darse una vuelta por los parkings de las universidades y admirar los cochazos importados. Mayoría blanca en las aulas aunque Brasil, según el IBGE, cuente con un 53% de personas negras. Los pasillos de la universidad le sonaban a chino: “Mi padre me ha regalado un viaje a Orlando”. Los estudiantes de los barrios pobres de Brasil casi siempre, al terminar la clase, iban al trabajo, para conseguir llevar dinero a casa.

 

La hija mediana de María también necesitó ayuda económica de la familia para lograr estudiar un curso preparatorio para la selectividad, pero ella, a diferencia de su hermano mayor, quería entrar en la universidad pública, y no en la privada. Era cuestión de orgullo. En Brasil, la prueba de acceso se había convertido en una lucha de clases en la que prevalecía la calidad de la escuela de la que provenías. En 2002, mediante leyes estatales, se comenzaron a implementar los llamados Programas de Cupos, que, con el objetivo de disminuir las desigualdades en el campo de la educación, reservan plazas en las universidades públicas para grupos específicos, en su mayoría personas negras e indígenas. En 2012 llegó la ley federal que apuntalaba este sistema. La hija mediana aprobó para Pedagogía en la UERJ pero no entró por cupo, aunque le hubiera gustado participar de esa rebelión de las masas. Entró sin más.

 

La pequeña sí disfrutó de otros programas, y posteriormente estrenó su pasaporte con un año de movilidad académica dentro de otro programa gubernamental, Ciencias sin Fronteras. Los programas en el ámbito de la educación ya superan todos los registros. El ProUni, por ejemplo, garantiza becas integrales o parciales a 1,4 millones de universitarios; el FIES financia las mensualidades a 1,6 millones de estudiantes, el Plan Nacional de Educación reserva un 10% del PIB para gastos con la educación; el Instituto Rio Branco (carrera diplomática), tradicionalmente aristocrático, ha instaurado becas para brasileños afrodescendientes. Acciones envidiables en cualquier país desarrollado pero que en un país tan clasista como Brasil son imperdonables, principalmente cuando la idea proviene de un presidente operario, sindicalista, del pueblo y sin estudios universitarios. Aún peor si Dilma Rousseff, la primera mujer presidenta del país, da continuidad y mejoría a esos Programas.

 

María, actualmente, ante el trato de la clase política, solo tiene fuerzas para decir: “Estoy cansada”. Sus hijos, con el alma de la educación, pretenden luchar para que ella y millones de brasileñas y brasileños tengan y mantengan, entre otros principios básicos, una jubilación digna, una educación pública de calidad y para todos, y un país más igualitario y sin odio de clases.

 

¿Y qué pasaría en Brasil después de un golpe de Estado?

 

Seguramente, María, en su humilde pisito de la zona norte de Río, se daría cuenta en una triste tarde de que su piel negra del sol de Bahía empezaría a clarear, hasta volverse invisible otra vez. Intentaría gritar y pedir ayuda a su hija pequeña, que todavía vive con ella, pero se asustaría al verse sin voz y al ver que a su hija le sucede lo mismo: es invisible. El mayor, desde otro barrio más alejado, aterrado con la invisibilidad de sus hijos recién nacidos y de toda su familia, intentaría ver las noticias para saber qué estaba pasando; sin embargo, todo va bien según Globo. La mediana se daría cuenta de que su desesperación y parte de su lucha en forma de texto se irían borrando de este libro, hasta llegar a dudar si lo había escrito o no, si lo había publicado o no, si seguía habiendo lectores o no. Le atacaba una laberintitis ideológica aguda. A la mediana nunca le gustó estar encima del muro, en el medio, en terreno neutral. Si ocurriera un golpe en Brasil en pleno año 2016 y el pueblo, aun sin rendirse, perdiera la batalla, estaría en el lado en el que siempre estuvo, en el lado del corazón. El lado rojo e izquierdo del pecho. 

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