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Mujeres olvidadas en la literatura brasileña

Tratándose de la literatura de todo el mundo y su relación con el género femenino, la mayoría de los países casi siempre podría contestar con un “no” o con  “una/o o dos” a estas  mismas preguntas:

  1. En la escuela, ¿estudiaste la obra literaria de grandes escritoras?

  2. ¿Conoces a alguna escritora de tu país que haya ganado algún premio?

  3. ¿Cuántos libros has leído en los cuales la mujer es la protagonista de la historia?

  4. De niña(o), ¿leíste algún cuento en el que es la mujer la que “salva” al hombre?

  5. Cuando eras adolescente, ¿te diste cuenta alguna vez de que había muchos más representantes escritores de un género que de otro?

La buena noticia es que, gracias a la lucha y conquistas feministas, cada vez más podemos contestar un “sí” a la pregunta número 5. Porque pienso que uno de los peores factores en la desigualdad de cualquier aspecto es que la sociedad ni se dé cuenta de que ella exista, de que normalice la desigualdad como pan de cada día. La mala noticia es que, de las preguntas 1 a 4, en los últimos dos siglos poco ha cambiado en las respuestas.

 

Por lo tanto, si es algo universal, ¿por qué hablamos específicamente de Brasil y de las mujeres en la literatura? Pues porque cada país es un mundo, más aún si en ese país podría caber casi todas las naciones europeas, o si contamos con más de doscientos millones de habitantes, una cultura “multitodo”, un sincretismo religioso capaz de embriagar a cualquier teóloga(o), un país en el cual las mujeres son mayoría, y cuyo estereotipo “mujer brasileña” es mundialmente conocido (no precisamente por la literatura). Además, si hablamos del último país de América a abolir la esclavitud (1888), ya tenemos unas cuantas especificidades como para no poner todo en el mismo saco. Nelson Rodrigues ya lo adelantaba, y yo añadiría “incluso si eres brasileña(o)”: Brasil no es para principiantes.

 

La verdad es que leyendo a clásicos de la literatura verde y amarilla, se nota que las mujeres no eran protagonistas de las historias. Y cuando lo eran, casi siempre su protagonismo giraba en función de la vida del hombre y muchas veces con necesidad de envolverlas en un entorno emocional, de pareja o sexual. Había que enamorarles, robarles el corazón o el dinero, ser la esposa angelical, fiel y recatada o bien la meretriz que les llevaba a la tentación, la de curvas suntuosas como Gabriela (Jorge Amado, 1958) o que tenían el “color del pecado”. OK. Bueno, de OK nada, pero creo que ya te imaginas lo que pienso sobre eso y que tendría que dedicar otro post para hablar largo y tendido sobre ello.

Con el tiempo, pasamos de ser las “mujeres de los hombres” a también conseguir algún que otro protagonismo, tener nuestras vidas, deseos y acciones contadas en los libros. Como protas. Vidas de mujeres contadas por… hombres escritores, cómo no. ¿Quién mejor que alguien que no seamos nosotras mismas para hablar sobre nuestras propias vidas? Pero Brasil va un poco más allá, gracias a nuestra herencia colonial y esclavista.

 

Uno de los momentos más “Viva Brasil” de la literatura de mi país (encantada, soy de Río), rompedor de las amarras y cánones europeos arrastrados durante años que minimizaban la importancia del arte y la cultura originariamente brasileña fue, sin duda, el movimiento del Premodernismo/Modernismo brasileño. Más precisamente la Semana de Arte Moderno, que ocurrió en São Paulo en el año de 1922. Una verdadera revolución en varias áreas del Arte, como la literatura, la música y las artes plásticas. Rebelde, revolucionario, por lo tanto tenía que ser radical. Uno de los lemas era la frase “Tupi or not tupi”, valorando la cultura indígena de los originarios tupis-guaraníes.

 

 

La Semana de 22, como es popularmente conocida y reconocida, dejó plasmado para siempre nombres de grandísimos y admirados escritores (incluso por la que os escribe) como Mário de Andrade, Oswald de Andrade, Manuel Bandeira y Graça Aranha. Todavía me acuerdo perfectamente de esa clase en el colegio sobre el fervor social y cultural del Movimiento, la crítica al sistema opresor y desigual, todo provocado por la Semana de 22 de Sampa (tenemos motes hasta para las ciudades) y que se propagó por todo Brasil. Soy, desde mis catorce años, muy fan de la Semana y de los Semanistas. Pero no es muy difícil notar que, incluso un acto rompedor, crítico y luchador no dejó de seguir siendo patriarcal y machista. A día de hoy, los libros de literatura en Brasil siguen sin incluir el nombre de mujeres escritoras  de la época de la Semana de Arte Moderno. Ni sombra de las novelas de contenido feminista y abolicionista de Júlia Lopes de Almeida, o de la poesía erótica de Gilka Machado. Como tampoco se podía tapar mucho tras la calidad de su literatura, las encasillaron en un movimiento anterior, mucho menos reconocido o hablado en Brasil: el Simbolismo. Incluso con todas las características críticas y rompedoras de sus textos, tal y como encarnaba la Semanita. ¡Ole!

 

Son los mismos libros que invisibilizaron, allá por el año catapún (para quienes defienden que eran otros tiempos, otro contexto social en el mundo, etc), así como en el año de 2017, el nombre de la primera mujer novelista de Brasil, Maria Firmina dos Reis (escribió Úrsula, en 1859). Casi nada. Que además de mujer fuese negra en un Brasil de racismo y esclavitud… pues otro detallito que no podremos leer en ningún libro escolar de historia ni tampoco de literatura. Siglo XXI. Año 2017.

 

Volvamos al título de este post y aprovechemos para terminar no con una conclusión sino con algunas cuestiones. Me encantan. Sé que a ti también. Allá que van:

  1. ¿Por qué hablar específicamente sobre la mujer en la literatura brasileña cuando todas las mujeres en general han sufrido y sufren machismo?

  2. ¿Qué relación tendrá la invisibilización de la mujer brasileña como escritora, es decir, pensadora e influyente intelectual, con la visibilización mundial del estereotipo de la mujer brasileña (y también la negra, otro día hablamos sobre la palabra “mulata” en los libros. De momento, si me lo permites y si la usas, recomiendo empezar por no usarla) en una sociedad deseosa de mantener sus privilegios?

  3. ¿Hablamos sobre ello?

En la infancia y adolescencia, pasé de no pensar sobre ese tema o no ser estimulada a pensarlo a, tras preguntar a profesores (casi todos hombres y casi todos blancos), pensar que la realidad era que no había muchas mujeres interesadas en literatura, que antiguamente eran “otros tiempos”, o incluso en el cuento ese de que si nos esforzamos conseguimos llegar adonde queramos, siendo mujer o hombre, incluso en uno de los países todavía más desiguales del mundo. Ya me vacuné contra la meritocracia, esa enfermedad que genera epidemias mundiales tras cada crisis del capitalismo. Hoy día, no solamente pienso sino veo y compruebo que las mujeres brasileñas, negras, blancas, amarillas, rojas o azules, nunca han dejado de escribir. Otra cosa es que se las viera. Lo hacen cada vez más, con altísima calidad (y otras no igual, pero pasa con los hombres y no por ello se les deja de publicar) y cuentan sus propias historias. Sin embargo, tuve que descubrirlas de manera autodidacta y gracias a agentes de los movimientos sociales, feministas, investigadoras(es), periodistas, gracias a la periferia y a las redes sociales. Ya no hay freno. No hay Semana que nos frene. Siempre fuimos más de veintiocho días que de Semana, algunas más de nueve meses, otras no, y todas, absolutamente todas, de Eternidad.

 

Este texto va por todas las mujeres escritoras del mundo que nunca pudimos leer.  

 

Algunas escritoras brasileñas para leer y conocer:

 

Maria Firmina dos Reis (1825-1917). En la foto.

Júlia Lopes de Almeida (1862-1934).

Gilka Machado (1893-1980).

Carolina Maria de Jesus (1914-1977).

Clarice Lispector (1920-1977).

Hilda Hilst (1930-2004)

 

Ana Alkimim (1981).

Carla Guimarães (1975).

Conceição Evaristo (1946).

Débora Almeida (1977).

Jarid Arraes (1991).

Mariana Torres (1981).

Mel Duarte (1988).

Natalia Borges Polesso (1981).

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