Maracanã, territorio sagrado

Actualizado: ene 28



PREVIA


Es fácil imaginar a Nelson Rodrigues delante de la máquina de escribir tecleando la crónica del partido, o dictándosela por teléfono a la redacción desde algún café del centro de Río de Janeiro, eligiendo las palabras como en un casting. “Dentro de doscientos años, la ciudad, mordida por la nostalgia, seguirá recordando aquel Fla-Flu. Quien no estuvo ayer en Maracanã, no ha vivido.” Es la mejor literatura futbolística que ha conocido Brasil.


Nelson Rodrigues hablaba, en esta ocasión, del partido que decidió el Campeonato Carioca de 1969, pero podría estar hablando de cientos de tardes y noches inolvidables. Luchas sin cuartel que recuerdan todos los que llenaban la grada general del estadio más emblemático que ha habido nunca. Territorio sagrado para cualquier jugador de fútbol. Allí donde la victoria vale el doble, tal y como afirmaba Pelé. Ese gigante de cemento que solo pudo ser silenciado por el Papa Juan Pablo II, Frank Sinatra y Alcides Ghiggia –palabras textuales de este último, artífice del “Maracanazo”, con un gol a traición que partió doscientas mil almas–.


Maracanã nació como la casa del fútbol, el hogar de los grandes equipos de la ciudad de Río de Janeiro y, por supuesto, también de la selección brasileña. Porque llegaba la Copa del Mundo de 1950, y eso requería un plus. Un plus exagerado. Y así de exagerado fue todo desde el principio, desde que se levantaron sus gélidos cimientos en medio de un verano eterno.


A Maracanã llegarían a partir de entonces cada fin de semana las heterogéneas hinchadas de Flamengo, Fluminense, Botafogo y, de vez en cuando, Vasco da Gama, orgullosas del templo municipal que reúne a todos a los que se les quedó pequeña su capilla. Mário Filho, reconocido y respetado periodista deportivo, hermano de Nelson Rodrigues, fue el que más luchó para su construcción, con ese tamaño y en esa ubicación, encarándose con las lógicas dudas de la época –similares a las actuales– acerca de la verdadera necesidad de construir un mausoleo de esas características, teniendo en cuenta el déficit que la ciudad tenía en otros ámbitos.


Dado que el fútbol está por encima del sentido común, el estadio de Maracanã –que años después fue bautizado como Estadio Mário Filho, en homenaje a su mejor aliado– estaba listo justo a tiempo para el Mundial. Semanas antes se estrenó con un amistoso entre las selecciones de los estados de São Paulo y Río de Janeiro. El primer gol lo marcó Didi.


En aquel anormal Mundial de posguerra participaron trece selecciones nacionales, repartidas en cuatro grupos. El primer clasificado de cada grupo jugaba la liguilla que definiría el campeón. España consiguió entrar en esa última liguilla gracias al gol de Zarra ante la selección inglesa en Maracanã. El definitivo cuarto puesto fue su mejor resultado mundialista hasta Suráfrica 2010. El “Maracanazo”, así pues, no era una final: era el último y decisivo partido de esa liguilla. De hecho, a Brasil le valía el empate ante Uruguay para ser campeón. Lo malo es que los uruguayos, que no eran mancos ni cojos, sino aguerridos virtuosos, tenían otros planes.


Estaba todo tan alegremente preparado para una victoria de los locales que la organización no sabía ni cómo ni dónde entregar la copa al vencedor, al aguafiestas. Obdulio Varela, el bravo capitán uruguayo, acabó recibiendo el trofeo en un lateral del campo, de estraperlo, medio a escondidas. Varela acabó la noche de bar en bar en Río, casi con remordimientos, consolando a hinchas brasileños. Se moría de pena.


CALENTAMIENTO


En Maracanã fue donde se desveló ante todo el país el secreto a voces que llegaba desde el Campeonato Paulista: había un muchacho llamado Edson Arantes do Nascimento –al que habían empezado a llamar Pelé, y al que acabarían adorando como “O Rei”– que jugaba como los ángeles, o que era incluso uno de ellos.


Primero fue en un torneo internacional que juntó allí a su equipo, el Santos, con Os Belenenses –Portugal–, Dínamo de Zagreb –Yugoslavia–, Flamengo y São Paulo. Marcó en todos los partidos y a los portugueses les hizo tres goles. Semanas después llegó su primera convocatoria con la selección brasileña. Tenía dieciséis años, y hacía tan solo nueve meses que había debutado con el Santos. Aquel 7 de julio de 1957 marcó el destino del fútbol brasileño para toda la eternidad. Pelé firmó un tanto contra Argentina en Maracanã. Era el inesperado faro de la nueva época.


En la cresta de la ola, y en aquella formidable selección, le esperaba Mané Garrincha, la singular estrella del Botafogo, siete años mayor que él, y ya con cuatro temporadas a sus espaldas. Su Botafogo ganó tres Campeonatos Cariocas en seis años. Maracanã le vio acelerar por la banda derecha, durante muchos cursos, como alma que lleva el diablo. El quid de la cuestión estaba en que Pelé y Garrincha eran antagónicos. Como el Rey y la Plebe. Una estrella monárquica junto un jugador del pueblo. Las cifras que rodean a ambos son siempre aproximadas: tanto la de los 1.283 goles de Pelé, como la de los catorce hijos de Garrincha. Los que les vieron jugar en directo tienen dudas acerca de quién era el mejor. Era el debate de la época.


El 5 de marzo de 1961, en un Fluminense-Santos, Pelé inventó el gol que mereció una placa conmemorativa en el estadio. Desde entonces, en Brasil, a los golazos se les llama “gol de placa”. Un año después, Garrincha fue nombrado mejor jugador del Mundial de 1962, disputado en Chile –juntos ganaron los Mundiales de 1958 y 1962, los dos primeros que ganó Brasil–. Al año siguiente, Pelé ganaba su segunda Copa Libertadores con el Santos. La gran final tuvo como rival al histórico Boca Juniors, y el combate de ida se jugó en Maracanã, que acogió al equipo paulista con los brazos abiertos. Aquel día el Santos, con dos goles de Coutinho y uno de Lima, hubiera borrado del mapa a Boca si no hubiese existido el Nene Sanfilippo, una máquina de fabricar goles recién fichado del San Lorenzo. El resultado fue de 3-2. Una noche apoteósica. Pelé sentenciaría la final días después en La Bombonera.


El dios del Santos volvía a conquistar uno de los títulos más deseados del planeta fútbol, y aún le quedaba sitio para otra Copa del Mundo, más Campeonatos Brasileños y Paulistas, y, sobre el césped de Maracanã, dos Copas Intercontinentales. El Santos se consagraba como mejor equipo del planeta fútbol en 1962 y 1963, frente al Benfica de Eusébio y Mário Coluna, y al Milán de Gianni Rivera y Amarildo, respectivamente. La época fue gloriosa, una era dorada. A Pelé y Garrincha se les unían en las portadas de la prensa deportiva jugadores perfectos como Nilton Santos, Mário Lobo Zagallo o Hilderaldo Luís Bellini.


Garrincha murió en la pobreza, preso de la fragilidad que llevaba tatuada en la frente desde que nació, y recibiendo limosnas de la Confederación Brasileña de Fútbol. “La diferencia entre Pelé y yo” –llegó a reconocer– “es que yo solo he sabido regatear problemas con los pies”. Todos los que en su día se le acercaron y le adoraron, desaparecieron como por arte de magia cuando Mané colgó las botas. Se esfumaron. Y, aunque Maracanã se llenó hasta la bandera el día de su funeral, con el féretro envuelto por el blanco y el negro de su equipo de siempre, nadie le visitaba, nadie se interesaba por él. Tampoco Pelé. Y eso que con ellos juntos en el campo, la selección brasileña jamás perdió un partido oficial.



PRIMER TIEMPO


La década de los setenta para Maracanã fue época de despedidas, bienvenidas y desasosiego. Se fue Pelé, llegó Zico, y el régimen militar solo permitía levantar la voz para gritar gol. Maracanã fue protagonista de la dictadura (1964-1985), sin querer. Altos cargos del ejército de debajan ver por allí para acercarse al pueblo y tratar de endulzar la imagen del régimen.


El día clave de la relación del estadio con la dictadura fue el 7 de septiembre de 1969. En sus aledaños, entre la muchedumbre que dejaba sus butacas tras un tras un Fluminense-Cruzeiro perteneciente a la primera jornada del Brasileirão de aquel año, fue liberado el embajador estadounidense Charles Burke Elbrick tras 70 horas secuestrado por una organización comunista que exigía liberación de presos políticos.


El 18 de julio de 1971, sobre el césped que tanto le había dado, Pelé dijo adiós a la selección brasileña en un 2-2 ante Yugoslavia. En el descanso, mientras se quitaba la camiseta y la lanzaba al público, en una triste y definitiva vuelta de honor, toda la grada general le suplicaba que se quedara.


Zico uno de los grandes ídolos de la ciudad, líder del Flamengo. Debutó en el Campeonato Brasileño en 1971. Es el que más goles ha cantado en territorio sagrado. Es el gurú. Tuvo suerte, sin embargo, de no ser convocado por Zagallo para el partido en el que el Flamengo celebraba su 77º aniversario, en 1972. Jugaban contra el Botafogo en Maracanã, un cara a cara en el Brasileirão, y encajaron un doloroso 6-0. La torcida botafoguense acabó cantando el “Cumpleaños feliz” al Flamengo, una espinosa provocación que se puso de moda y se estiró casi una década. Fue una debacle con vida propia. Dicen que Paulo Cézar Caju, mediapunta del Flamengo –y ex del Botafogo– deambulaba por el campo suplicando piedad a sus antiguos compañeros. “Parad ya, por favor”, les rogaba. Y Jairzinho y Fisher, goleadores del Botafogo, ni caso.


Sócrates jugaba en el Corinthians, su interminable silueta solo visitaba el estadio en ocasiones puntuales, pero fue allí donde se empezó a convertir en el buque insignia de la selección brasileña, anteponiendo el juego por encima de todo, continuando el legado de muchos de sus antecesores. Debutó con Brasil en Maracanã el 17 de mayo de 1979 en un 6-0 ante Paraguay. Días después, anotaba sus dos primeros goles con la selección en un 5-1 contra Uruguay. Decía que no hay que jugar para ganar, sino para que no te olviden. Y murmuró aquella frase desoladora en Sarrià, donde Italia les apartó del Mundial de España ́82: “Peor para el fútbol”. Pero él ya estaba rumiando la revolución.


La Máquina Tricolor del Fluminense comandada por Rivellino, Félix, Marco Antonio y Paulo Cézar Caju –el de la piedad–, deslumbraba en el Campeonato Carioca y en sus giras por Europa. No ganaron ningún Campeonato Brasileño, pero en un amistoso disputado el 10 de junio de 1975, tumbaron en Maracanã al Bayern de Munich de Beckenbauer, Rummenigge y Müller. Y eso te lo convalidan en textos como este.


A principios de los setenta también estalla Roberto Dinamite, uno de los mejores artilleros de su generación, máximo goleador de todos los tiempos del Campeonato Carioca. Con él al frente, el Vasco da Gama conquistó el Brasileirão de 1974.


SEGUNDO TIEMPO


En 1981, el Flamengo, con Zico y Júnior como estandartes, se adjudicaba por primera vez la Copa Libertadores. El primero de los tres partidos –después de la ida y de la vuelta tuvo que disputarse un desempate– se jugó en Maracanã. El Flamengo ganó 2-1 a los peleones chilenos del Cobreloa, entrenados por Vicente Cantantore, en un partido que siempre será recordado por los dos goles de Zico. En el primero de ellos, el astro carioca desbordó a toda la defensa desde el círculo central utilizando la velocidad y una vertiginosa combinación al borde del área con Adílio. Una barbaridad de jugada. Zico volvería a anotar otros dos goles en el partido de desempate para certificar aquel título inmortal, y rubricar que Dios es brasileño y Jesucristo, flamenguista.


De todas formas, Zico siempre declaró que el principal objetivo de su carrera deportiva había sido devolverle el 6-0 al Botafogo, y eso también ocurrió en 1981, y también fue en Maracanã –con dos goles suyos–. Aquel Flamengo ganaría, además, los Campeonatos Brasileños del 80, 82 y 83, y compitió hasta la extenuación con el Fluminense de Branco, Washington y Assis, que se llevó el Brasileirão de 1984 y tres Campeonatos Cariocas consecutivos –83, 84 y 85–. Eran citas marcadas a fuego.


Ayudaron a glorificar aquellos años imborrables los cabecillas de la Democracia Corinthiana, una vieja idea de Sócrates desarrollada en el Corinthians junto a Wladimir, Casagrande y Zenon, con el inestimable apoyo del sociólogo Adílson Monteiro Alves, que acababa de ser nombrado director deportivo del club. Monteiro no tenía ni idea de cómo se dirigía un equipo de fútbol, pero lo que tenía claro es que no era como se estaba haciendo hasta ese momento. El Corinthians se convirtió en un islote al final de la dictadura, un experimento sociopolítico que duró del 82 al 84, y en el que todos los integrantes de la plantilla, desde el capitán hasta el utillero, tenían voz y voto, incluso en alineaciones y fichajes. Dignificaron la profesión, y su mensaje atormentó a los militares con contragolpes impecables.


En uno de los Fla-Flu del Campeonato Carioca de 1986, con la libertad resucitando, coincidieron en el Flamengo el Doctor Sócrates –que volvía de un año de exilio en la Fiorentina–, el ídolo Zico y el bisoño Bebeto. El partido acabó 4-1 con hat trick del diez y un trallazo del que luego sería estrella del Deportivo de la Coruña.


Para completar la década prodigiosa de Maracanã, en 1989 se disputaron allí los mejores partidos de la Copa América. En un enfrentamiento casi místico contra la Argentina de Maradona –vigente Campeona del Mundo–, Brasil recalentó una enemistad rocosa y necesaria. En medio de un atracón de sobresaltos, Romário se inventó una magistral dejada para Bebeto, y este, suspendido en el aire, dibujó un escorzo legendario e inverosímil, golpeando la pelota para que desapareciera por donde nunca llegan los porteros. Era el primer tanto. Maradona, al final del partido, intercambiaría la camiseta con él, asegurándole que era el gol más hermoso que había visto en toda su vida.


Algunos minutos después, Romário, que acababa de ampliar el marcador, dejando a los aficionados en una nube, firmó la jugada que remataba la década en Maracanã. Mató el balón con el pecho, escorado a la derecha, a seis metros de la frontal del área, Argentina quiso retrasar el reloj tres años pero no pudo, el 11 puso una sombrerería, primero un sombrero de copa, luego un bombín, y le sacaron la pelota del pie justo cuando encaraba a Pumpido.


Lo normal era meter en Maracanã a más de 120.000 personas; y esa noche la grada general rugió presenciando un bombardeo digno de Apocalypse now. Aquel partido que terminó 2-0 lo jugaron, entre otros, Taffarel, Aldair, Branco, Mazinho, Dunga, Silas, Alemão, Bebeto, Romário, Pumpido, Ruggeri, Sensini, Batista, Burruchaga, Caniggia y Maradona. Días después, y en plena resaca, la cabeza de Romário dio el título a Brasil en Maracanã ante la selección uruguaya liderada por Enzo Francescoli y Rubén Sosa. Pero ni por esas se borró el llanto de 1950.


Por aquella época los postes de las porterías ya no eran los mismos que en el Mundial de 1950. Moacir Barbosa, el portero maldito –se lamentaba de que desde entonces era un muerto en vida–, se encargó de deshacerse de ellos. Una vez retirado del fútbol había conseguido trabajo como empleado del mantenimiento del estadio. Cuando llegaron las nuevas porterías, quemó las de madera, aprovechándolas para una barbacoa.


PRÓRROGA


La epopeya de Maracanã, como casi todas, cuenta con su particular baño de sangre. Los años noventa fueron los más duros para el gigante. Su estructura envejecía, sufriendo en los huesos cuarenta años de actividad frenética, y las obras y remodelaciones que se necesitaban no llegaban. La final del Campeonato Brasileño de 1992, el 19 de julio, con 122.000 espectadores, marcó un antes y un después.


El apasionante duelo entre Flamengo y Botafogo, rivales desde tiempos inmemoriales, para definir el mejor equipo del país, hizo saltar chispas. Con siete días de diferencia se jugaron en Maracanã los dos choques más esperados del año. Y, aunque en la ida todo quedó prácticamente resuelto con un 3-0 para el Flamengo –con enorme gol del capitán, Júnior–, la vuelta fue electrizante. Esta vez acabó en empate, 2-2, el título fue para los rubronegros. En aquel equipo despuntaba también Júnior Baiano, y comenzaban a hacerse querer Savio Bortolini y Djalminha. Pero fue de nuevo el gran capitán el que abrió el marcador, como en la ida. Júnior colocó una falta directa en la mismísima escuadra y luego comenzó a dar brincos por todo el campo como un niño, pero con canas. Tenía 38 años y nunca en su vida ganó un título tan triste.


En aquel momento solo había informaciones contradictorias, pero poco tiempo después se confirmó la muerte de tres seguidores flamenguistas en un accidente ocurrido dentro del estadio, cinco minutos antes del pitido inicial. Todo sucedió muy rápido, con los dos equipos aún en los vestuarios, listos para saltar al campo, ajenos a la tragedia. Una de las gastadas protecciones del graderio cedió, decenas de aficionados cayeron al vacío. La gravedad era obvia, un helicóptero aterrizó en el césped para llevarse a algunos hinchas, pero nadie fue capaz de dar la orden de suspender el encuentro. Mientras se estaba jugando el partido aún no se conocían las trágicas consecuencias del accidente.


Para Júnior fue doblemente amargo: no tardó en reconocer que él sí que tenía información del accidente. Se lo comunicaron a las puertas del vestuario, junto a Gilmar, el guardameta. Decidieron no decir nada a sus compañeros para no desconcentrarles. Las tres muertes les estallaron en la cara, y a Maracanã se le paró el corazón. El fútbol, en el templo del fútbol, pasó a ser algo secundario durante mucho tiempo.


TANDA DE PENALTIS


Tras un largo lustro de retoques improvisados, nuevas butacas, reducción de aforo, problemas en el césped, en la estructura, en las tuberías y hasta en el ADN, Maracanã revivía. La FIFA, enamorada de Brasil, llevaba a Río de Janeiro y a São Paulo su primer Mundial de Clubes en el año 2000. Los partidos en el Estadio Mário Filho se jugaron con aforo limitado, al estar alguna zona todavía cerrada al público, pero el gigante no faltó a la cita. Corinthians y Vasco se colaron en la final tras apartar en sus respectivos grupos al Real Madrid y al Manchester United, entre otros. El Real Madrid, de hecho, disputó el tercer puesto ante Necaxa en Maracanã, perdiéndolo en la tanda de penaltis.


La final entre Corinthians y Vasco fue un duelo tenso, raro, encorsetado. Los primeros estaban capitaneados por Dida, Freddy Rincón y Marcelinho Carioca. Los vascaínos contaban con un tridente espeluznante: Romário, Edmundo y Juninho Pernambucano. A pesar de toda la artillería reinó el cerocerismo y la decisión se firmó, también, en la tanda de penaltis. Dida paró uno, Edmundo falló otro, Corinthians campeón del Mundo.


La gran primera reforma importante de Maracanã llegó para los Juegos Panamericanos de 2007. Ya era un estadio moderno. Y ese fue el gran momento del fútbol femenino en el verde más importante del mundo. La selección brasileña, con Marta, Cristiane y Formiga como guías espirituales, endosó cinco goles a Estados Unidos en la final, pero eso no fue lo más importante: en las gradas se aglomeraron setenta mil personas, todo un récord y un impulso para el desarrollo de la modalidad femenina a nivel global.


Otra de las finales que subió la tensión a toda la ciudad en la primera década del siglo XXI fue la de la Copa Libertadores de 2008, que medía al Fluminense y a la Liga de Quito del Patón Bauza –liderados por Joffre Guerrón–. Fluminense, con Thiago Silva, Thiago Neves y Darío Conca en sus filas, había caído en la ida 4-2 en Ecuador. En Maracanã comenzó perdiendo por cero a uno. A partir de ese momento, la torcida tricolor rompió a llorar sin parar: primero, instalada en la locura, con las tres avalanchas consecutivas de Thiago Neves que certificaron una remontada salvaje; y luego, tras la prórroga, en una nueva tanda de penaltis, en la cual al gran héroe de la noche ya no le quedaba munición. Es una de las finales más inauditas que se han jugado nunca en Maracanã.


En 2013, el templo ya vestía frac, parecía un estadio europeo, totalmente renovado –con otra costosa reforma– para la Copa Confederaciones. La esperada gran final, Brasil-España, la anfitriona contra la dominadora del momento, se recordará durante unas cuantas generaciones. El peso de Maracanã aplastó a Casillas, Ramos, Xavi, Iniesta y compañía. Brasil enterró 3-0 a la mejor selección española de siempre –dos de Fred y uno de Neymar–, en una emboscada que sellaron desde el himno, gritado con el corazón en la mano, emocionando a todo el planeta.


Y es así, con el pecho partido en dos, como se ha escrito durante siete décadas la historia del estadio de los estadios. El territorio sagrado de la pelota. Un pedazo de cielo, un infierno cortante donde el que sale vivo aterriza para siempre en el número uno, y el segundo es segundo para toda la eternidad. Allí donde se silba hasta el minuto de silencio, como escribió Nelson Rodrigues, hincha emblemático y feroz del Fluminense, como Chico Buarque.


Chico, por cierto, se embarró hasta la rodilla en la campaña “Maracanã es nuestro”, contra la privatización del estadio. “Un espacio público que debe continuar siendo público. Tenemos que luchar por este rincón popular. Maracanã es nuestro, no está en venta”. Pero poco pudo hacer la población, la gestión privada se impuso, luego fracasó, más tarde se volvió a imponer, y ahora todo es un caos de concesiones. El negocio el que está por encima del sentido común, pero la leyenda y la pasión incontestable es propiedad privada del pueblo.


El fútbol, al fin y al cabo, es un pasatiempo confeccionado con recuerdos. Los más viejos de la general guardan en sus retinas momentos épicos en territorio sagrado, y los más jóvenes recordarán dentro de cincuenta años el Mundial de 2014, con la Argentina de Messi sucumbiendo frente a los alemanes en la prórroga; la medalla de oro en la tanda de penaltis de la final de los Juegos Olímpicos de 2016, con Neymar, Gabriel Jesus y Gabigol en la canarinha; la Copa América 2019 o la ansiada segunda Copa Libertadores del Flamengo, levantada al final de ese mismo año.


Todo ello con un toque intrépido e indómito. Porque a Europa llega el fútbol ya lavado, seleccionado y envasado, listo para consumir. En Suramérica el fútbol se come directamente del árbol, el juego es más silvestre. La función es improvisada, y el escenario se llama Maracanã.




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