Las favelas de Melilla y la valla de Río de Janeiro


Pena de muerte hay en China, Irán, Egipto, Arabia Saudí, Siria, Somalia, Irak, Yemen, Estados Unidos; y también en las favelas de Río de Janeiro y en la valla de Melilla. Allí no hay abogados, ni proceso judicial, ni piedad. Allí las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad obedecen órdenes y dictan la sentencia en vivo y en directo, ejecutando al recién declarado culpable. Allí los gobiernos de turno pisotean la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que advierte que: “Toda persona tiene derecho, en condiciones de plena igualdad, a ser oída públicamente y con justicia por un tribunal independiente e imparcial, para la determinación de sus derechos y obligaciones o para el examen de cualquier acusación contra ella en materia penal”. En las favelas de Río y en la valla de Melilla la cosa no funciona así.

Son realidades diferentes pero intercambiables, y las reacciones también lo son: complicidad con el sistema de la mayoría de los medios de comunicación y algo de ruido en caliente por una minoría de la población. Ruido de cuatro días, después un leve rumor, luego silencio. Todo se esconde, se borra.

Los líderes políticos se regodean en el triunfo, tanto aquí como allí. Pueden situarse las favelas en Melilla, también, o la valla en Río de Janeiro. El presidente español, Pedro Sánchez, blanquea masacres elogiando a Marruecos por su labor para retener “un ataque tan violento”. Reconoce, además, “el extraordinario trabajo realizado por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado”. El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, celebra matanzas porque “neutralizaron por lo menos a veinte marginales” envueltos con el narcotráfico. “Felicidades a los guerreros del BOPE (Batallón de Operaciones Policiales Especiales)”.

Alguien que dice algo de este calibre no ha escuchado nunca los gritos surgiendo de las ventanas del último piso de un CIE y no ha mirado nunca a los ojos de una madre que acaba de enterrar a su hijo asesinado por la policía. Pero el sistema siempre será el sistema. Es el mismo horror, la misma furia. La crueldad de la larga noche de los quinientos años. Ayer lo supo Zapata y lo supo Huey Newton, y hoy lo saben en el Chocó, en la Villa 31 y en el Sindicato de Manteros.

Siempre es en nombre de algo. En nombre de la lucha contra la delincuencia, en nombre de la guerra contra las drogas, en nombre del combate contra la inmigración ilegal. En nombre de nuestra soberanía y de su libertad.

El ya mencionado papel copartícipe de los grandes medios de comunicación algún día habrá de ser analizado con el rigor que merece la situación. Su posicionamiento (sensacionalismo, servilismo, carnaza, racismo) moldea la percepción de su público títere, y lo que es más grave: allana el camino a los salvadores de la patria que, en cualquier campaña electoral, prometen al pueblo solucionar de un plumazo o a base de pistoletazos desajustes socioeconómicos enquistados hace décadas, incluso siglos. El títere solo interviene para colocar un papel en la urna cada cuatro años, queriendo creer que participa de una democracia. ¿En qué momento del proceso perdió el títere la sensibilidad?

En el otro extremo están las organizaciones de la sociedad civil que velan por las vidas y los derechos de la población negra tanto en las favelas de las grandes capitales brasileñas como en las zonas fronterizas de Ceuta, Melilla o el Estrecho de Gibraltar. Instituciones como Justiça Global, la Rede de Proteção e Resistência ao Genocídio, Caminando Fronteras o Elín, en sus diversas áreas, son las responsables de que lo que sucede, se sepa. Es de justicia reconocer su labor, y apoyarlos, pues se juegan la vida a diario en escenarios donde la vida vale lo que decida un miembro de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.


Víctor David López

[Fotografía: Fernando Frazão/ Agência Brasil].


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